¿Cuál es el problema con la discriminación positiva?

womens-3192674_640Las percepciones juveniles sobre las medidas de discriminación positiva son aparentemente contradictorias, según el Barómetro sobre Juventud y Género del ProyectoScopio. Sorprende esta postura ideológica teniendo en cuenta que los y las jóvenes sí reconocen en su mayoría los ámbitos en los que las mujeres se encuentran en situación de desventaja. Parece que el término en sí mismo puede ser un obstáculo para la comprensión de la desigualdad.

La respuesta ante una aparente contradicción a veces se resuelve yendo un poco más allá. Hay que rascar un poco en la superficie para descubrir lo que hay detrás. En este caso, lo que es motivo de profundización son las posiciones frente a la discriminación positiva por parte de la juventud española, puestas de manifiesto en los resultados del Barómetro sobre Juventud y Género del ProyectoScopio. Hombre y mujeres jóvenes argumentan con un “sí, pero no” cuando se trata de respaldar leyes o normativas que regulen la desigualdad de oportunidades.

Ellos y ellas coinciden en que, en general, ninguna norma debería buscar la discriminación positiva ni promover la existencia de cuotas, poniendo por delante el que impere la meritocracia a nivel profesional. Sin embargo están de acuerdo con que se contrate a más mujeres que hombres en profesiones y puestos de dirección en los que hay pocas mujeres y con que se promueva por ley, o al menos se garantice de alguna manera, que haya representación femenina en puestos de responsabilidad públicos y privados. ¿Qué jaleo de postureo, no?

Según esta entrada del blog de Análisis y Debate de ProyectoScopio: “Parece claro que la carga semántica del concepto discriminación adopta un peso muy fuerte en este contexto (…) El enrarecimiento y manipulación de los conceptos puede hacer que muchas apuestas en pro de la equidad de trato y oportunidades entre personas sean rechazadas, como se aprecia claramente en estos datos.” Este gusto o disgusto por la terminología que utilizamos para decir las cosas podría ayudarnos a interpretar también el hecho de que ni la mitad de las mujeres jóvenes se pone la etiqueta de feminista y que solo lo haga poco más de una cuarta parte de los hombres jóvenes.

La hipótesis de que el problema que existe con la “discriminación positiva” proviene, en parte, de la naturaleza paradójica del término podría probarse si lo sustituimos por el de “acción afirmativa”, que viene a ser igual de ininteligible de entrada, pero semánticamente está menos cargado de sospecha. Quizás sería una buena estrategia hacerlo, si queremos adoptar una nueva perspectiva de la inclusión y la paridad. Aunque la comprensión de la realidad no pase solo por el lenguaje que empleamos al describirla, sí es importante significarla con palabras que produzcan un sentido constructivo y amplio, que generen empatía y llamen a la solidaridad.

Pequeñas discriminaciones ¿sin importancia?

Lo que convierte una actitud o una acción en discriminatoria es su contribución a la desigualdad, sea del tipo que sea. En esta ocasión, la entidad de la discriminación que nos ocupa viene dada por el género y se perpetúa en los contextos que viven los y las jóvenes en su día a día cuando caminan por la calle, van a un baño público, al estar de fiesta o en grupo. Lo que menos gusta son los piropos por la calle y menos a ellos que a ellas, aunque para las jóvenes la mayoría de las situaciones sexistas resultan inadmisibles.

Como indican desde esta entrada del blog Análisis y Debate del ProyectoScopio, más allá de las grandes discriminaciones reconocidas, “existen otros tipos de discriminaciones cotidianas, en ocasiones no tan palpables, y que incluso pueden quedar diluidas y poco reconocibles entre costumbres, asunciones y referentes culturales interiorizados y sobre los que raramente se reflexiona, pero que sirven para perpetuar las diferencias y marginaciones por género.”

Desde el prisma de la juventud española, la realidad cotidiana que se considera más sexista son “los piropos por la calle” (para un 27,6% de los y las jóvenes), seguramente por su visibilidad en público. Y, curiosamente, mas rechazable para los hombres (30,2%) que para las mujeres (24,8%). A continuación, se encuentran situaciones que exponen a las mujeres a posiciones machistas: “que los cambiadores de pañales estén en el baño de mujeres” (inadmisible para un 20%) y “que, estando en grupo, se tenga más en cuenta la opinión de los hombres” (lo dice el 19,6%), con apenas unas décimas de diferencia de respuesta entre ellos y ellas.

Pero son los hombres los que más critican ciertos comportamientos cuando se consideran ellos mismos afectados, especialmente tres: “que sea el hombre el que tenga que invitar” (inadmisible para un 26,8% frente a un 11,8% de mujeres), “que se atribuyan conductas violentas antes a hombres que a mujeres” (22,5% frente a un 13% de mujeres), o “en bares, que se ponga la bebida alcohólica al hombre” (16,1% frente a un 9,9% de mujeres). Las mujeres, en cambio, tienden a hacer enmienda a la totalidad del sexismo cotidiano: el 32,5% de las mujeres señala que “todos los ámbitos me resultan inadmisibles”, mientras sólo el 14,1% de los hombres eligen tal opción.

“La manera en que se consideran más o menos admisibles puede arrojar luz sobre el talante de la sociedad (en este caso, de las y los jóvenes) en términos de igualdad de género”, como indican los autores y autoras del blog Análisis y Debate. Algunas de ellas apuntan a rémoras culturales machistas y otras son consecuencia del reparto de roles por género basado en posicionamientos sexistas, pero todas perpetúan la desigualdad y por ello es importante revisarlas personalmente y mantener a la opinión pública atenta a ellas.

Como advertíamos hace unos días, los resultados del I Barómetro Juventud y Género del ProyectoScopio nos van a dar que hablar. Si entonces llegábamos a la conclusión de que era fundamental visibilizar la desigualdad como primer paso para combatirla desde la adolescencia y juventud, hoy nos hemos centrado en la importancia que ellos y ellas otorgan a las acciones discriminatorias por razón de género de la vida cotidiana, teniendo en cuenta que un 30% de los hombres jóvenes y un 52,1% de mujeres jóvenes dicen haber sufrido algún tipo de discriminación.