El relato de Santiago Ramón Mateo «El poder de la juventud», ganador del concurso #TheRealYoung

Porque sabemos que, como decía Franz Kafka, “la literatura es siempre una expedición a la verdad” y desde Fad queremos que sean los y las jóvenes quienes nos den a conocer su propia verdad, el pasado 25 de marzo lanzamos el concurso de relatos cortos #TheRealYoung  en colaboración con la presentadora, actriz y modelo Mary Ruiz. La calidad literaria de los noventa textos participantes ha sido tan elevada que ha sido muy, muy complicado para el jurado elegir entre los diez relatos finalistas al ganador de este certamen dirigido a jóvenes de entre 18 y 29 años.

Para tomar esta difícil decisión, hemos contado con la propia Mary Ruiz como jurado estrella; con David Gallego, profesor de la Escuela de Escritores e integrante del equipo de la Fundéu BBVA, y con Beatriz Pestaña y Arancha Sanz, subdirectora de Comunicación y community manager de Fad, respectivamente. Finalmente, el relato ganador ha resultado ser “El poder de la juventud”, escrito por Santiago Ramón Mateo, un joven educador y psicopedagogo que cuenta 28 años y vive en Madrid. ¡Disfrutad de su lectura!

EL PODER DE LA JUVENTUD

Suena “Hit The Road Jack”, de Ray Charles, en los auriculares de Amín. Tras un largo día, por fin se dirige hacia su casa en uno de los vagones del prestigioso metro de Madrid.

De repente una persona mayor, pelo canoso, desdentado y de “buen ver” interrumpe en los pensamientos de Amín.

– Buenas tardes chico, me gusta mucho tu gorra.
– Gracias, señor -contesta Amín un poco desconcertado, debido al sobresalto que le acababa de causar el señor sentado a su lado.

Resulta que el hombre no iba solo, sino que iba acompañado de un grupo de amigas y de amigos que parecían estar pasándolo en grande.

– ¿Sabes, chico? Venimos de tomarnos unos vinos por el centro. Nos encanta quedar todos los jueves y ponernos al día de nuestros asuntos. “La Loli” es la más chismosa, nos reímos mucho con ella. ¿Tú, qué tal tu día?, antes se me olvidó presentarme, mi nombre es Braulio.

Amín se quita los auriculares y apaga el mp3, para entablar conversación con Braulio, el cual desprende una alegría y vitalidad contagiosa.

– Yo me llamo Amín, Braulio. Mi día… ¡Pues muy largo! Desperté temprano para llevar a mi hermanita pequeña al cole. Después fui a la universidad, quiero ser educador social.
– ¿Eso qué es? ¿Como asistente social?
– No exactamente. Los educadores y educadoras intervenimos en diferentes realidades sociales y culturales para ayudar a personas en riego de exclusión social.
– ¡Ay va! Qué interesante suena eso, hijo. Debe gustarte mucho, se te nota en la mirada. Eso y que estás cansado.
– Sí, es que después de la Uni fui a trabajar. Estoy dando clases particulares a dos adolescentes, así me puedo sacar un dinerillo para comprarme algún capricho. Casi siempre los gasto en cómics, ¡me encantan!
– ¡Madre mía! Para que luego digan que la juventud ni estudia ni trabaja. Tú eres un SISI. Sí estudias y sí trabajas.

Suena el pitido de los puertas del metro abriéndose, es cuando Amín se da cuenta que esa es su parada. Da un respingo a la vez que aprovecha para despedirse de su nuevo compañero de viaje.

Esta es mi parada Braulio, un placer haber hablado con usted.
– No me hables de usted, que aún soy joven de espíritu. El placer ha sido mío
.

Amín está a punto de salir del metro cuando de repente Braulio le grita:

¡Amín, te dejas la gorra!
– No me la dejo, se la regalo. Para que vaya a juego con su espíritu. Espero volverle a ver
.

Suena el pitido intermitente a la par que se cierran las puertas del metro.

Braulio, aún incrédulo, se dirige a su grupo de amigas y amigos a contarles lo que le acaba de ocurrir. Con una idea clara: la juventud no está perdida.

Asimismo, hacemos una mención especial a los relatos que han quedado y en segundo y tercer lugar y a sus autores: «Extranjeras», de Francisco Rubio Tent (21 años); y «Algo más que David», de Pedro Pablo Castro Herrera (22 años). ¡Esperemos que os gusten!

EXTRANJERAS

Francisco Rubio Tent (21 años)

El flexo y las catecolaminas mantenían sin sueño a Cristina que, de soslayo, observaba como el reloj marcaba las 3 am. El tiempo apremiaba y los exámenes estaban a la vuelta de la esquina. ¡Cuánto tiempo dilapidado!, pensaba la joven mientras contaba que del 27 de diciembre al 9 de enero había poco más de 10 días.

Un sudor frío le recorrió toda la espalda y súbitamente se levantó, se puso la chaqueta, cogió los complementos de invierno y se dispuso a dar un caviloso paseo.

Puto plan Bolonia, ya van tres navidades a la basura ¡Me quieren quitar las ganas de vivir!, maldecía en su mente. Miles de pensamientos recorrían la mente de la joven: el dinero invertido por sus padres cuyos ingresos eran ínfimos, la poca salida laboral de sus estudios, la eterna duda de si ha elegido el camino correcto. Pero sobre todo, en estos momentos de angustia, se le venía a la mente todo el tiempo invertido en lo que le habían vendido desde siempre como su “futuro” mientras la mayoría de sus amigos aprovechaban para emborracharse e intentar cazar otro cuerpo desesperado por una noche de sexo desenfrenado. Puro carpe diem.

En ese momento, la adversidad la superó y cayó desolada en el primer banco que encontró. Cuando la desesperanza estaba haciendo mella, una niebla espesa muy esotérica se acercó a unos 20 metros y de ella una voz empezó a brotar de forma mágica:

-No te rindas, encarnas la rebelión, simbolizas la lucha. No eres una más. Eres revolución.

Cristina, entre asustada, curiosa y anonadada, decidió correr hacia la niebla pero, cuando sus piernas empezaron a arrancar, la bruma se disipó dejando a la vista un pequeño enebro.

Decidió volver a casa mientras ideas megalomaníacas le rondaban la cabeza y bromeaba consigo misma si debió haber quemado el enebro en honor a Moisés. Lo que estaba claro es que su agnosticismo se tambaleaba en cada paso de vuelta a casa mientras se sorprendía a sí misma con soliloquios dignos de un psicótico –menos mal que nadie me oye- fue lo último que pensó antes de poner el despertador de su madre.

Dormía profundamente y soñaba con la niebla y la voz. Soy revolución, soy revolución ¿Qué significaba? ¿Por qué no soy una más? ¿Debería plantearme ir al psiquiatra?

Al día siguiente, Cristina cogió el móvil de la mesilla y vio la hora. Se levantó como un rayo y entonces se percató de que algo no cuadraba. El móvil. Entró al WhatsApp. Su mayor sorpresa fue ver que habían pasado las notas del último examen. Miró el calendario, 2 de febrero. Todo había sido un sueño. Respiró aliviada, exámenes aprobados y sin necesidad de psiquiatra.

Leyó los mensajes de los grupos, sus amigos hablaban del reality de la noche anterior. Increíble que le haya puesto los cuernos,  ¡Dejemos de seguirle todos en Instagram!, y de la fiesta de mañana.

Mientras, Rocio la llamó.

-Ey, Cris, ¿te vienes a beber una cerveza y a comentar “El extranjero”? Me ha gustado mucho.
-Nosotras somos Meursault, somos extrañas, ahora entiendo al enebro, hay que iniciar la revolución.

ALGO MÁS QUE DAVID

Pedro Pablo Castro Herrera (22 años)

Marta y su marido discutían acaloradamente

– ¡José, siempre está comiendo y durmiendo! ¿Qué se piensa que es esto? ¿Una pensión?”.

Su hijo David de 17 años había terminado la secundaria y no quería cursar el Bachillerato.

-Mucho contenido y poco fundamento -solía decir.

Sus padres no lograban llegar a un acuerdo. Querían internarle en un instituto internacional en el extranjero. Sin embargo, él prefería realizar un grado medio que le permitiese un primer contacto con el mundo laboral. El tiempo iba pasando y vencía el plazo para inscribirse en el siguiente curso académico.

Una tarde, David, papel en mano y muy entusiasmado, corría hacía su casa. Sus profesores habían organizado un congreso con diferentes organismos educativos para asesorar y motivar a sus estudiantes.

David subió con premura las escaleras y se dirigió al dormitorio de sus padres, le habían encantado las condiciones de un ciclo formativo de aquello que le apasionaba desde niño: la botánica.

– Tus padres se fueron esta mañana. No vuelven hasta junio. Ya sabes, David, cosas del trabajo…- le dijo el criado.

El adolescente apenado se fue a su cuarto

-Siempre igual – murmuró.

Esa misma tarde, para despejar la mente, David se fue con su amiga Clara a hacer eso que tanto les gustaba: visitar una galería de arte. Vivían en la capital, por lo que gozaban de un flujo continuo de obras y movimientos artísticos. Un guía del museo, al verlos ensimismados en un cuadro de Degas, se acercó.

-Disculpad, no he podido evitar observar cómo admiráis las obras… A lo largo de este mes en el museo se celebra un curso de representación de obras impresionistas y de naturaleza muerta, en concreto, de Monet y Vermeer. ¿Os animaríais? Hay muy buen ambiente y se aprende mucho.

Clara y David nunca habían dibujado, pero decidieron ir juntos al curso. En su primer día, el profesor les dijo que copiasen e hiciesen propio un jarrón con flores. Este se fue pasando de uno a otro de sus estudiantes y, cuando llegó a David, vio un extraordinario jarrón seco de trazo frágil y flores marchitas. Qué maravilla, pensó.

Era evidente el gran potencial de David. Bastaron tres sesiones para que su profesor le presentase a otros maestros de la ciudad. Todos quedaban asombrados de que el chico no tuviese formación alguna pero, sobre todo, de que sus padres desconociesen la faceta artística de su hijo.

Los padres de David habían vuelto. Ni sus profesores, ni Clara ni él les convencieron para inscribirle en la Alta Academia de las Artes. Su oposición era rotunda

-¡No queremos un pintamonas en casa! No lo hemos criado para eso- decían.

Frente a la negativa de sus padres, David decidió seguir dibujando, ¡No iba a quedar al albur de dos personas que le querían, pero que en esencia le desconocían! Vendió sus primeros bocetos. Con lo recaudado y sus ahorros, pagó la matrícula de la Academia. Después de dieciocho años él enderezaba su camino. Era libre de abrazar la flora; de hacerle un obsequio inmortalizando su efímera belleza.

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