“Yo lo que quiero es beberme hasta el último trago de mi juventud” (Nuestra Natacha. Alejandro Casona: 1936)

“Nuestra Natacha” es una obra de teatro que rabia juventud, rompe estereotipos sobre ella y a la vez es un canto a esta etapa de la vida. La pieza teatral de Alejandro Casona se estrenó unos meses antes del estallido de la Guerra Civil y se sigue representando en el siglo XXI, actualizando la innovación educativa, el deseo de una sociedad más humanizada y las revoluciones cotidianas juveniles.

“Nuestra Natacha” se sigue representando con distintos objetivos y desde distintas agrupaciones (y a cualquier edad). También sigue siendo objeto de estudio y objeto de investigación periodística. Está presente en los currículos escolares y en propuestas de alfabetización con nuevos lenguajes. Es una obra que sigue viva porque viva está la juventud, que es la principal temática que da vida a sus personajes y para la que Alejandro Casona escribió los tres actos que la componen.

El 13 de noviembre de 1935 se subía a las tablas por primera vez en el Teatro Barcelona de la ciudad condal. Casona, convencido de la necesidad de la existencia de “Misiones Pedagógicas” para llevar la cultura a los pueblos, escribió la obra como un reflejo de lo que desde las Misiones hacía, convirtiendo algún momento de la pieza en puro metateatro, con escenas de ensayos y representaciones de fábulas con un objetivo de cambio social.

“Nuestra Natacha” es una bella reflexión sobre “lo joven”, en la que cada uno de sus personajes encarna tipos de jóvenes que, sumados, conforman una radiografía valiosa de esta franja etaria. Por ejemplo, Flora, con su amor revolucionario y su sentido de la realidad, nos enseña que la generosidad y la inteligencia van de la mano cuando se tienen veinte años; y Lalo, con su vivir en el presente y su lucha contra la responsabilidad, representa la resistencia que se puede llegar a tener cuando se transita hacia la vida adulta, con su mayor exponente en esta frase del argumento:

“Yo lo que quiero es beberme hasta el último trago mi juventud. Estudiar no basta; hay que vivir. ¿Y qué vivís vosotros? Libros, conferencias, traducir revistas profesionales. Hala, de prisa, a terminar la carrera. Sólo veis el mundo por esa ventana. Pero la vida es más ancha; si le volvéis la espalda ahora, ¡pobre juventud la vuestra!”

Y qué decir de la propia Natacha, personaje que se define como la primera mujer doctora en pedagogía de España, que asume su primer trabajo con la energía de quien tiene una deuda con la humanidad. Su apuesta, a la vez personal y profesional, es generar bienestar en las adolescentes de un reformatorio y ofrecerles una vida nueva. En un momento sublime del texto, Casona pone en boca de la protagonista las siguientes palabras de esperanza:

¡Ahora sí que puedo brindar y reír con vosotros! Al fin voy a trabajar, a ser útil. Pero no me abandonéis. Ahora, más que nunca, necesito esa alegría vuestra. Hay toda una juventud, enferma y triste, a la que nosotros podemos redimir. ¡Arriba ese corazón! Lalo, maestro de alegría. Vivir es trabajar para el mundo. ¿Qué importa lo que queda atrás? ¡La vida empieza todos los días!

La historia que recoge “Nuestra Natacha” es también un ejemplo de jovialidad, entendida como la cualidad de la alegría, como una energía vital propia, no exclusiva, de las y los jóvenes. Este estado jovial está en el origen de pequeñas y grandes revoluciones a lo largo de la Historia, con mayúsculas, y de muchas historias de la Historia de la Literatura . Por eso esta obra es un hito del teatro de preguerra en España y a la vez es un esfuerzo sociológico por definir el papel protagónico de la juventud en el devenir social. Gracias, Alejandro Casona, porque gracias a “Nuestra Natacha” sabemos, nada más y nada menos, que ser joven es realizar la utopía mientras se sueña la madurez.

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