¿Debemos cerrar el candado del amor romántico?

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Antes de responder a esta pregunta deberíamos pararnos a reflexionar sobre lo que pensamos, creemos o nos han dicho sobre lo que es el “amor romántico” y cómo ha evolucionado a lo largo de la historia.

Si hacemos una búsqueda rápida sobre el tema, algunos de los aspectos que más se repiten en la mayoría de los resultados hacen referencia a que se trata de un sentimiento anhelado por muchas personas, que se alimenta del ideal típico de las comedias de Hollywood o de algunas novelas que en los últimos años han estado muy de moda y donde encontramos reflejado el deseo de amar y ser amado hasta el infinito. Si todo esto lo aderezamos con algunos de los conocidos “mitos del amor romántico”, como que el amor todo lo puede, mi amor logrará que cambie, o que los celos son una de las mayores pruebas de amor, podemos encontrar un cóctel explosivo que no siempre acaba con los resultados deseados.

Todos estos conceptos y muchos otros fueron acuñados a lo largo del siglo XIX y parecía que se habían logrado superar en el XX, pero “gracias” a la literatura y a las películas vuelven a tomar protagonismo entre las y los jóvenes del siglo XXI. Por ejemplo, volvemos a ver personajes femeninos que deben ser salvados por un héroe, con una pequeña salvedad con respecto a los siglos anteriores: en el siglo XIX se distinguía muy bien entre el pretendiente bueno y el malo mientras que en la actualidad todo se encuentra bastante difuso, siendo difícil distinguir ese amor falso y que maltrata con la idea de amor romántico (al principio parece todo muy bonito pero enseguida aparecen los celos y esto puede llevar a una manera muy destructiva de relacionarse en pareja).

Según algunos datos del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fad, más de uno de cada cuatro españoles entre 15 y 29 años (27,4%) señalan que la violencia de género es una conducta “normal” dentro de la pareja. Todo esto tiene mucha relación con ideas como que el amor es lo más grandioso que hay, que por amor se puede perdonar cualquier cosa aunque esto suponga hacernos daño, llegando incluso a creer que no se puede vivir sin la otra persona.

Se puede pensar que aunque el amor es uno de los sentimientos más maravillosos que existen, también si se lleva hasta el extremo puede llegar a ser algo perverso o, por decirlo con otras palabras, amar demasiado pudiendo anular a la otra parte de la pareja no se puede considerar amar. Los extremos nunca han sido buenos en nada y lo mismo sucede en el caso del amor, por lo que se debería tratar de llegar a un equilibrio entre el amor libre y el amor candado, que tan de moda se ha puesto en los últimos años y que encontramos reflejado en las distintas ciudades del mundo donde las parejas tratan de sellar su amor “eterno” por medio de un candado cerrado en un lugar emblemático (puentes Triana, Sevilla, Brookyn NY, torre Eiffel, Paris, Milvio de Roma que fue el pionero gracias a una novela de Federico Moccia y muchos otros lugares) y tirando la llave al fondo de algún río.

Después de esto, la pregunta que deberíamos hacer no es si el amor romántico es bueno o malo o si se le debe echar el candado, sino otras más importantes como ¿cuál es el tipo de amor que nos venden como deseable? Y ¿nos sirve que cualquier tipo de amor triunfe?

Para profundizar en las respuestas, existen diversos trabajos académicos que han tratado de abordar la problemática, algunos de los cuales se reseñan en la novedad bibliográfica mensual del Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud de la Fad, sección dedicada al comentario crítico de libros, artículos u otros formatos de difusión de resultados. Concretamente, “El romance adolescente. Un análisis sociológico de la política afectivosexual en la adolescencia”, de Venegas (2018); “<<“Detalles”, frustraciones y desconciertos: El trabajo emocional en las parejas jóvenes heterosexuales>>, de Vicente Olmo (2018); y “Los estilos de amor en estudiantes universitarios. Diferencias en función del sexo-género”, de Rodríguez-Santero, García-Carpintero y Porcel Galvez (2017).

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